El maestro e-squizo se enteró de que los demás hackers mortificaban a perlhead
por su lenguaje de preferencia. E-squizo los convocó un atardecer bajo el cerezo
y les habló así:
Cada lenguaje se corresponde con una parte del hacker. Smalltalk, por ejemplo,
corresponde al alma, pues es prístino, puro, ortogonal hasta el extremo de
carecer de control de flujo. Así como Pascal y Modula-2 pertenecen al
hemisferio izquierdo del cerebro, parlanchín y estructurado, Lisp es del
hemisferio derecho: creativo, intuitivo, complejo, retorcido. C y Java
corresponden al estómago, ya que nos dan de comer. C++ se refleja en el
intestino grueso: todos saben que está ahí, y que alguna función cumple, pero
a nadie le agrada pensar en ello. COBOL corresponde, evidentemente, al colon.
Python es para el hígado, capaz de metabolizar enormes cantidades de azúcar
sintáctica, y Perl corresponde al sexo: programando en él, el hacker se siente
a la vez sucio y poderoso, y lleno de un intenso placer culpable.
Existe una gran confusión acerca del marco jurídico bajo el que se
distribuye y produce software, confusión de la que el concepto de
“propiedad intelectual” no es completamente inocente: mucha gente sólo
tiene una conciencia general de que tal o cual programa es “propiedad
intelectual” de cierta persona o corporación, y no le queda claro si
dicha “propiedad” es un derecho de autor, de patente, de marca,
contractual, o qué. Así, muchas personas piensan que los programas de
computadora están cubiertos por patentes, aún cuando en la mayoría de
los países (en particular, en casi todos los países de América Latina)
están explícitamente excluidos de la posibilidad de ser patentados.
Es de noche y estoy en mi pieza pero no es mi pieza porque yo nunca
tuve una pieza así y menos que le faltara una pared entera y que la
ventana diera directamente al acantilado donde las olas rompen y rugen
y salpican muy hasta arriba que parece que van a entrar por la ventana
pero al final solo llega una llovizna finiiita como una niebla fría y
salada que de golpe se da cuenta que no tiene nada que hacer dentro de
mi pieza y se vuelve a ir por donde entró así no me enojo y al lado de
la ventana tengo la caña de pescar profesional eléctrica superflexible
de cuatro cilindros y le pongo carnada al anzuelo y tiro la tanza por
la ventana y en seguida levanto un pescado enorme plateado brillante
resbaladizo salta y se retuerce y yo estoy contento porque voy a ganar
el campeonato pero justo entra el juez y examina mi pescado y dice
este anzuelo no es reglamentario tenga mucho cuidado con lo que hace
acá tiene este es el anzuelo que tiene que usar y me da una pava de
mate yo arranco el anzuelo prohibido y ato la pava a la punta de la
tanza y le pongo la carnada adentro y la vuelvo a tirar por la ventana
y ahí nomás muerde un pez espada mucho más grande que el otro y es de
muchos colores y mucho más pesado aunque no me cuesta alzarlo y vuelve
a aparecer el juez que me amonesta y me dice que ya no puede tener más
paciencia conmigo que no siga usando anzuelos antirreglamentarios
porque me va a descalificar así que me da una antena de televisión y
yo que no sé cuál de las carnadas es la que se usa con una antena pero
de la oscuridad de fuera de la pieza surge mi vieja que me dice que lo
mejor son las ostras congeladas que están sobre la roca junto a la
mesa de luz del lado donde falta la pared las agarro y mientras las
llevo para la ventana se descongelan y se abren y les salen lenguas
tentáculos carnes tiernas tibias aterciopeladas me chupan los dedos
así que las pongo en una caja de zapatos aunque no alcanzo a darme
vuelta que ya está una trepada arriba de la otra y yo maravillado me
enternezco y pienso mirá vos la fuerza de la naturaleza estos bichos
recién descongelados y ya están trincando y yo que los quería matar
pero ahí me doy cuenta que en realidad la de arriba se la está
comiendo a la de abajo y entonces me enojo porque me va a dejar sin
carnada así que salgo corriendo a buscar la caña antes de que sea
tarde y no la encuentro por ningún lado pero agarro un martillo que
sirve igual y cuando vuelvo al lado de la caja de zapatos resulta que
ya no está adentro se escapó y parece que además de comerse a la
compañera también se subió a un banquito y se comió el pollo frío que
yo tenía de merienda y se escondió meta buscarla por toda la pieza
meta buscarla en los armarios las repisas entre las hojas de los
libros en los frascos y debajo del bote con cuidado de que no me
muerda pero al final está debajo de la cama envuelta en una toalla en
medio del abrazo del osito de peluche y yo tomo el martillo y disparo
una vez dos veces tres veces las balas gritan bang bang bang bang pero
justo sube una marea de alfombra y la ostra se hunde en el parqué
cavando cavando cavando con la lengua hasta que ya no queda nada por
encima del nivel del suelo.
En distintos lugares del país avanzan iniciativas para restringir la
actividad informática a los matriculados en consejos provinciales de
ciencias informáticas. SADIO reconoce el valor de las organizaciones
profesionales como instrumentos para mejorar las disciplinas y las
condiciones de trabajo de sus afiliados, pero rechaza el concepto de
que el ejercicio de la actividad informática deba ser restringido a
través de matriculación obligatoria. La informática como actividad
Casi todos sabemos, hoy, que los programas de computadora están bajo el régimen
de derechos de autor. Sin embargo, las restricciones impuestas por el derecho de
autor son mucho menos estrictas que las que están presentes en muchas licencias
de software. Lo que ocurre es que la mayoría de las restricciones impuestas al
usuario no son consecuencia del derecho de autor, sino de un contrato que usa al
derecho de copia como punto de apoyo para forzar su aceptación.
Haceme caso, no lo invités, yo sé lo que te digo. Vos vas a pensar que soy un
amargo, pero qué querés que le haga. Lo que pasa es que vos tenés la imagen de
que es un tipo divertido, popular, influyente, y no me digas que no te gustaría
anotarte un poroto, pero si vos te creés que él te va a llevar a su casa en Los
Angeles, o donde mierda sea que vive, porque vos lo invites a tu orgía, estás
chupado. La cosa no funciona así, vos no te imaginás lo prepotentes
que son estos yanquis, y si encima tienen guita, peor, te miran y no te ven a
vos, ven un lustrabotas. Yo te digo porque ya lo conozco, de una vez que fui a
una orgía en la que él estaba, y fue un desastre: se cagó en todo y en todos,
nos hizo la vida imposible. Está bien, en una orgía más vale que no te vas a
poner a tomar té y charlar de películas de Bergman, pero una cosa es el
descontrol, que bienvenido sea, y otra la falta de respeto. Por ejemplo: el tipo
ya llegó a la orgía sin pantalones. Te lo juro. No entiendo cómo es que no lo
agarró la cana en la calle, y menos mal que no lo siguieron, porque terminábamos
todos presos. “¡Qué tipo divertido, qué desenfadado…!” decían todos. ¡De qué
desenfado me están hablando! ¿Vos te creés que el tipo a estas cosas también las
hace allá? Jamás, con la policía allá no se jode, viejo, andan todos hechos unos
señoritos porque en cuanto los agarran haciéndose los locos les sacuden una
multa que los dejan a medio metro del suelo. Pero acá, el vago debe haber dicho
“estos indios subdesarrollados no deben ni llevar bolsito, yo me voy así y que
se caguen”. Y guarda, que eso fue solo el comienzo, porque además no cayó solo,
vino con la novia. Te la describo rápido: culito parado, minifalda que ni le
llegaba a las piernas, medio floja de tetas pero unos ojos así de grandes, una
boca… los tipos aullaban, se la querían comer a la Pekín. ¿Vos me podés creer
que la muy histérica estuvo toda la noche haciéndose la princesa, arreglándose
el moño, y no hubo forma de tocarle el culo? Pero eso no es nada: encima, como
el vago ya no consigue a nadie que le quiera cuidar los sobrinos, se los trajo
también. Si, oíste bien, se llevó los sobrinos a la orgía. ¿Vos alguna vez
trataste de coger con tres pendejos disfrazados de boy scout pisándote el culo
porque están jugando a que cruzan un río y van saltando de piedra en piedra? Ese
es tu “tipo divertido.” ¡Más divertido que la mierda! Y mientras tanto, el otro
a los gritos pelados, criticando todo, peleando con todos, puteando a diestra y
siniestra. Bah, digo yo que puteando, porque no se le entendía un pomo de lo que
gritaba. ¿Y sabés lo peor de todo? Que las minas le daban bola. Viste como es,
por la plata baila el mono, y aunque el vago se comió, tomó y vomitó todo, por
más que trataba a todo el mundo como basura, las mejores minas estaban cerca de
él, al salto para ver si lo agarraban desprevenido. Encima, al final una se
jugó, se le tiró encima y lo empezó a franelear y refregar, y él que se trataba
de zafar, hasta que de golpe la mina pegó un salto del susto y empezó a gritar
“¡No tiene pito! ¡Está castrado! ¡Que impresión!…” ¡Para qué! Ahí sí que se
puso loco, pero loco loco loco. Entró a tirar con lo que encontraba: vasos,
botellas, sillas, almohadones… decí que estaba tan drogado que no le acertó a
nadie, pero que dejó la casa llena de plumas, la dejó. Mirá, vos hacé lo que
quieras, si querés invitarlo, invitalo, pero desde ya te digo: si va el Pato
Donald, yo no voy.
El avance tecnológico, y en particular el desarrollo de software, es
presentado frecuentemente como motor de bienestar social. Los ejemplos
exitosos de India e Irlanda sirven de “demostración” de que la
“industria” del software como actividad puede generar empleos, mejorar
los ingresos y la calidad de vida de la sociedad.
Jacinta ama a sus alumnos como a su vida. A las siete y media de la mañana,
cuando Graciela todavía está de bata en su casa despidiendo a su marido, ella ya
ha llegado al colegio. Quién sabe qué niño puede llegar hoy más temprano y
requerir de sus atenciones, o qué padre puede tener alguna duda o consulta que
formularle acerca de la educación de su hijo o hija. Comenzada la clase, a las
ocho y media de la mañana, mientras Alfonso sube a su taxi al primer pasajero
que no lo asalta, Jacinta sonríe plácida ante las miradas atentas de treinta
pares de ojos que siguen sus palabras como embelesados. A las diez,
en el mismo momento en que el Doctor Rodríguez acepta en su despacho una humilde
atención por parte de un contratista que se ha visto justamente favorecido con
la adjudicación de las obras del puerto de aguas profundas de la pintoresca y
mediterránea localidad de Malagueño, Jacinta acepta una manzana que Pablito le
ofrece como prenda de amor y acaricia su cabeza con ternura, como agradecimiento
por la manzana y por el rubor de sus orejas. Quizás cerca del mediodía, cuando
Mariana, Simón y Marcelo salen cada uno de sus respectivos trabajos para
aprovechar la media hora del almuerzo, Jacinta tenga que separar a dos infantes
que se trenzaron en una pelea por figuritas, o porque uno estaba cantando que el
otro tie-ne-nooo-via, y reprenderá a los dos con igual firmeza, para luego
consolar a ambos con igual cariño. Mientras cada uno de nosotros, Fernando,
Gabriel, Ester, Alberto, Marisol, todos, continuamos con nuestro cotidiano
derrotero de oficinas, agencias, depósitos, gerencias y planos, ella sigue hasta
las cuatro de la tarde dispensando a sus niños amor y dulzura inacabables.
Recién entonces emprende el camino de regreso a casa, se desanuda el pelo, toma
un largo baño con agua muy caliente, se seca bien, se perfuma y se cambia,
porque sabe que a las seis en punto Graciela, su marido, Alfonso, el Doctor
Rodríguez, Mariana, Simón, Marcelo, Fernando, Gabriel, Ester, Alberto, Marisol y
todos los demás la esperamos en el aula que construimos en su garage,
prolijamente parados al lado de nuestros pupitres, los varones en pantalones
cortos, peinados con gomina; las chicas con faldas hasta las rodillas, medias
tres cuartos y el pelo recogido, todos ansiosos por que Jacinta llegue, vestida
solamente en cuero, goma y látex, los pechos y el sexo descubiertos, balanceando
displicente en su mano derecha la fusta de mimbre, presta a castigar las
indisciplinas que hoy, seguramente, volveremos a cometer.
Más tarde o más temprano, la computadora va a pasar a formar parte del
herramental educativo. Una vez que se haya asentado el polvo levantado por los
profetas de la panacea electrónica, que pretenden resolver dificultades
estructurales del sistema educativo saturándolo de procesadores, podremos ver,
sobriamente, que la computadora tiene aplicaciones útiles en el aula, como las
tienen el libro y el mapa.
Cuando encaramos la tarea de usar racionalmente recursos informáticos como parte
de la experiencia de aprendizaje, hay un aspecto de la computadora que merece
especial atención por parte de los educadores: los programas, el software.
Hay un momento, que podríamos ubicar justo después del sexo, tan próximo que aún
se confunde con él, cuando las últimas oleadas del orgasmo ya se retiran, cuando
van cediendo los temblores, las convulsiones y los jadeos para convertirse de a
poco en suaves cosquillas y respiraciones pausadas, y entonces hacés
un movimiento que no sabés dónde lo aprendiste porque nadie te lo enseñó y sin
embargo siempre te salió perfecto, como un paso de baile, como una coreografía
que te lleva, en un único y gracioso desplazamiento, de cualquier posición a
estar recostado de espaldas, arrastrándola a ella de modo que queda cruzada
sobre tu torso, su pierna izquierda entre las tuyas, los pubis unidos, tu sexo
aún dentro de ella, todo su peso apoyado sobre tu pecho, su cabeza apenas a la
derecha de la tuya, los dos respirando el cálido aliento compartido, y te das
cuenta de que es la situación, la posición, el instante perfecto, que cada
protuberancia coincide con su oquedad, que no tenés hambre, frío, sed ni sueño,
y de golpe sabés que es precisamente este el momento en el que el universo
debería detenerse, o por lo menos terminarse, porque es esto, no más y no menos,
todo lo que tu cuerpo ansía cada minuto de tu vida, y entonces sonreís de nuevo,
y te quedás inmóvil, flotando sin rumbo en medio de este charco de placer
transpirado que te envuelve, pero al cabo de un par de minutos no podés evitar
moverte, rodar sobre vos mismo desacoplando los sexos, quizás incluso te das
vuelta, o te sentás, o encendés un cigarrillo, y de golpe volvés a tomar plena
conciencia de que estás sobre un colchón, con sábanas, en una cama en medio de
un mundo que hace segundos sólo recordabas borrosamente, y ahí es cuando te
ponés a pensar, si no será que los seres humanos estamos más preparados para
soportar la persistencia del dolor que la del placer.