Dicen los estudiosos que el principal aporte del Cristianismo al pensamiento
humano fue el concepto del amor al prójimo. Dicen también que fue de esta idea
que surgió la otra gran novedad, la pretensión de aunar a la raza humana en una
“asamblea universal” o “Iglesia Católica”, que es lo mismo. Hasta entonces, cada
religión se ocupaba de mantener el imaginario de sus dioses, sin preocuparse por
las demás, salvo quizás para plagiarles algún dios que les parecía
particularmente bien logrado. El nuevo ideal expansionista del Catolicismo, en
cambio, requería la conversión de todos a un único Dios, motivando incontables
campañas de evangelización a través de los siglos, y plantando quizás el germen
de lo que hoy llamamos marketing.
Julio entró a la habitación, y cerró la puerta de un portazo.
— ¿Se puede saber qué hacés vos acá?
Diego hundió la cabeza y los hombros para no mirarlo a los ojos, y permaneció en
silencio.
— Dejalo tranquilo, pobrecito, ¿no ves que está asustado? — dijo Claudia
tratando de acercarse a Diego, quien retrocedió ante su mano como si fuera a
quemarlo.
— Estuvo en Brasil, se hizo la cola y las lolas. ¡Si antes era una tabla!
— Le quedó bastante flojo, sobre todo las lolas ¿no? En Brasil te agarra cada
chanta… Mirá, a mí el único que me toca la cola es el Doctor Merkloff, en
Rumania.
— Bueno, esta noche ya te la llevan bien tocada Ramiro, Gonzalo, Ernesto y ahora
Marcelo, y eso sin contar el intento fallido de Dolores…
La palabra “orgía” nos viene derechito y casi sin escalas del griego, o del
latín, a esta altura ya poco importa. Es notable que, pese a la antigüedad de la
palabra, su significado haya cambiado tan poco en el transcurso del tiempo como
su ortografía, y mucho podemos aprender de la disposición de la gente de la
época con sólo observar que reservaron, de entrada, una palabra de apenas tres
sílabas para nombrar un concepto que hoy nos exigiría, si quisiéramos prescindir
de ella, recurrir a engendros mucho más largos como “pasarla bomba”, “tirar
manteca al techo” (¡ay, los eufemismos!) o “armar un desmadre”. Esta diferencia
en la facilidad de expresión de un mismo concepto sólo puede indicarnos que, en
aquellas épocas, el término era mucho más usado que ahora, y por ello requería
de comodidad y rapidez a la hora de pronunciarla. Es este un muy buen momento
para morirnos de envidia.
Haceme caso, no lo invités, yo sé lo que te digo. Vos vas a pensar que soy un
amargo, pero qué querés que le haga. Lo que pasa es que vos tenés la imagen de
que es un tipo divertido, popular, influyente, y no me digas que no te gustaría
anotarte un poroto, pero si vos te creés que él te va a llevar a su casa en Los
Angeles, o donde mierda sea que vive, porque vos lo invites a tu orgía, estás
chupado. La cosa no funciona así, vos no te imaginás lo prepotentes
que son estos yanquis, y si encima tienen guita, peor, te miran y no te ven a
vos, ven un lustrabotas. Yo te digo porque ya lo conozco, de una vez que fui a
una orgía en la que él estaba, y fue un desastre: se cagó en todo y en todos,
nos hizo la vida imposible. Está bien, en una orgía más vale que no te vas a
poner a tomar té y charlar de películas de Bergman, pero una cosa es el
descontrol, que bienvenido sea, y otra la falta de respeto. Por ejemplo: el tipo
ya llegó a la orgía sin pantalones. Te lo juro. No entiendo cómo es que no lo
agarró la cana en la calle, y menos mal que no lo siguieron, porque terminábamos
todos presos. “¡Qué tipo divertido, qué desenfadado…!” decían todos. ¡De qué
desenfado me están hablando! ¿Vos te creés que el tipo a estas cosas también las
hace allá? Jamás, con la policía allá no se jode, viejo, andan todos hechos unos
señoritos porque en cuanto los agarran haciéndose los locos les sacuden una
multa que los dejan a medio metro del suelo. Pero acá, el vago debe haber dicho
“estos indios subdesarrollados no deben ni llevar bolsito, yo me voy así y que
se caguen”. Y guarda, que eso fue solo el comienzo, porque además no cayó solo,
vino con la novia. Te la describo rápido: culito parado, minifalda que ni le
llegaba a las piernas, medio floja de tetas pero unos ojos así de grandes, una
boca… los tipos aullaban, se la querían comer a la Pekín. ¿Vos me podés creer
que la muy histérica estuvo toda la noche haciéndose la princesa, arreglándose
el moño, y no hubo forma de tocarle el culo? Pero eso no es nada: encima, como
el vago ya no consigue a nadie que le quiera cuidar los sobrinos, se los trajo
también. Si, oíste bien, se llevó los sobrinos a la orgía. ¿Vos alguna vez
trataste de coger con tres pendejos disfrazados de boy scout pisándote el culo
porque están jugando a que cruzan un río y van saltando de piedra en piedra? Ese
es tu “tipo divertido.” ¡Más divertido que la mierda! Y mientras tanto, el otro
a los gritos pelados, criticando todo, peleando con todos, puteando a diestra y
siniestra. Bah, digo yo que puteando, porque no se le entendía un pomo de lo que
gritaba. ¿Y sabés lo peor de todo? Que las minas le daban bola. Viste como es,
por la plata baila el mono, y aunque el vago se comió, tomó y vomitó todo, por
más que trataba a todo el mundo como basura, las mejores minas estaban cerca de
él, al salto para ver si lo agarraban desprevenido. Encima, al final una se
jugó, se le tiró encima y lo empezó a franelear y refregar, y él que se trataba
de zafar, hasta que de golpe la mina pegó un salto del susto y empezó a gritar
“¡No tiene pito! ¡Está castrado! ¡Que impresión!…” ¡Para qué! Ahí sí que se
puso loco, pero loco loco loco. Entró a tirar con lo que encontraba: vasos,
botellas, sillas, almohadones… decí que estaba tan drogado que no le acertó a
nadie, pero que dejó la casa llena de plumas, la dejó. Mirá, vos hacé lo que
quieras, si querés invitarlo, invitalo, pero desde ya te digo: si va el Pato
Donald, yo no voy.
Jacinta ama a sus alumnos como a su vida. A las siete y media de la mañana,
cuando Graciela todavía está de bata en su casa despidiendo a su marido, ella ya
ha llegado al colegio. Quién sabe qué niño puede llegar hoy más temprano y
requerir de sus atenciones, o qué padre puede tener alguna duda o consulta que
formularle acerca de la educación de su hijo o hija. Comenzada la clase, a las
ocho y media de la mañana, mientras Alfonso sube a su taxi al primer pasajero
que no lo asalta, Jacinta sonríe plácida ante las miradas atentas de treinta
pares de ojos que siguen sus palabras como embelesados. A las diez,
en el mismo momento en que el Doctor Rodríguez acepta en su despacho una humilde
atención por parte de un contratista que se ha visto justamente favorecido con
la adjudicación de las obras del puerto de aguas profundas de la pintoresca y
mediterránea localidad de Malagueño, Jacinta acepta una manzana que Pablito le
ofrece como prenda de amor y acaricia su cabeza con ternura, como agradecimiento
por la manzana y por el rubor de sus orejas. Quizás cerca del mediodía, cuando
Mariana, Simón y Marcelo salen cada uno de sus respectivos trabajos para
aprovechar la media hora del almuerzo, Jacinta tenga que separar a dos infantes
que se trenzaron en una pelea por figuritas, o porque uno estaba cantando que el
otro tie-ne-nooo-via, y reprenderá a los dos con igual firmeza, para luego
consolar a ambos con igual cariño. Mientras cada uno de nosotros, Fernando,
Gabriel, Ester, Alberto, Marisol, todos, continuamos con nuestro cotidiano
derrotero de oficinas, agencias, depósitos, gerencias y planos, ella sigue hasta
las cuatro de la tarde dispensando a sus niños amor y dulzura inacabables.
Recién entonces emprende el camino de regreso a casa, se desanuda el pelo, toma
un largo baño con agua muy caliente, se seca bien, se perfuma y se cambia,
porque sabe que a las seis en punto Graciela, su marido, Alfonso, el Doctor
Rodríguez, Mariana, Simón, Marcelo, Fernando, Gabriel, Ester, Alberto, Marisol y
todos los demás la esperamos en el aula que construimos en su garage,
prolijamente parados al lado de nuestros pupitres, los varones en pantalones
cortos, peinados con gomina; las chicas con faldas hasta las rodillas, medias
tres cuartos y el pelo recogido, todos ansiosos por que Jacinta llegue, vestida
solamente en cuero, goma y látex, los pechos y el sexo descubiertos, balanceando
displicente en su mano derecha la fusta de mimbre, presta a castigar las
indisciplinas que hoy, seguramente, volveremos a cometer.
Hay un momento, que podríamos ubicar justo después del sexo, tan próximo que aún
se confunde con él, cuando las últimas oleadas del orgasmo ya se retiran, cuando
van cediendo los temblores, las convulsiones y los jadeos para convertirse de a
poco en suaves cosquillas y respiraciones pausadas, y entonces hacés
un movimiento que no sabés dónde lo aprendiste porque nadie te lo enseñó y sin
embargo siempre te salió perfecto, como un paso de baile, como una coreografía
que te lleva, en un único y gracioso desplazamiento, de cualquier posición a
estar recostado de espaldas, arrastrándola a ella de modo que queda cruzada
sobre tu torso, su pierna izquierda entre las tuyas, los pubis unidos, tu sexo
aún dentro de ella, todo su peso apoyado sobre tu pecho, su cabeza apenas a la
derecha de la tuya, los dos respirando el cálido aliento compartido, y te das
cuenta de que es la situación, la posición, el instante perfecto, que cada
protuberancia coincide con su oquedad, que no tenés hambre, frío, sed ni sueño,
y de golpe sabés que es precisamente este el momento en el que el universo
debería detenerse, o por lo menos terminarse, porque es esto, no más y no menos,
todo lo que tu cuerpo ansía cada minuto de tu vida, y entonces sonreís de nuevo,
y te quedás inmóvil, flotando sin rumbo en medio de este charco de placer
transpirado que te envuelve, pero al cabo de un par de minutos no podés evitar
moverte, rodar sobre vos mismo desacoplando los sexos, quizás incluso te das
vuelta, o te sentás, o encendés un cigarrillo, y de golpe volvés a tomar plena
conciencia de que estás sobre un colchón, con sábanas, en una cama en medio de
un mundo que hace segundos sólo recordabas borrosamente, y ahí es cuando te
ponés a pensar, si no será que los seres humanos estamos más preparados para
soportar la persistencia del dolor que la del placer.
El 8 de febrero de 1994, los diarios del Reino Unido reportaban
la prematura muerte de Mr. Stephen Milligan,
Honorable Miembro del Parlamento Británico por el partido conservador de
Inglaterra. El día anterior, Milligan había sido encontrado en su casa, muerto
por asfixia sobre la mesa de la cocina. Las únicas prendas que vestía en el
momento de su deceso eran un par de medias finas de seda y su correspondiente
portaligas. Tenía la cabeza envuelta en una bolsa de polietileno, ceñida al
cuello con un cable eléctrico, y en la boca una naranja pelada.
En el primer día de sus vacaciones en el Caribe, Martín salió a matar. De abajo
para arriba llevaba ojotas, bermudas rojas, camisa floreada, amplia como para
disimular la zapán y abierta para que se viera la cadena de oro, anteojos negros
con marco de metal dorado y la gorra del Club Atlético Talleres, que no por
seductor iba a renegar de sus sentimientos más profundos. Entró a la playa con
el pecho henchido, consciente de que las minas lo miraban. Con su andar recio,
tirando arena para arriba con el talón de las ojotas a cada paso, se dirigió a
un sillón de playa sobre el que se recostó con un profundo suspiro de
placer.